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miércoles, 11 de septiembre de 2013

•"Tan solo una salida" {Capítulo 28}.

-Idiota –dice ahora, pero entonces sonríe.

Le doy un pequeño codazo y se retuerce de falso dolor.

-Oye, no te hagas la graciosa ¿vale? –Ahora parece molesto- yo tuve que hacerte vomitar –hace una mueca- ¿crees que fue agradable?

Y entonces me quedo congelada.

-¿Enserio?

Justin se da cuenta de mi cambio e intenta quitarle importancia.

-No lo decía…
-No, lo sé –susurro- es solo que…
-No te sientas mal –me pide.
-Yo solo quería dejar de sentir dolor –bajo la mirada hasta el suelo- no es fácil ver como pierdes lo que antes creías eterno.

Su agarre se hace más fuerte entre mis dedos y asiente.

-No importa cuántas veces caigas si en todas te levantas –mustia.
-No es una excusa.
-Lo sé –murmura, y noto como sus ojos se rompen, está reprimiendo las lágrimas- morí de mil formas diferentes cuando te vi ahí tirada Sweden. No puedes imaginar…
-Shh –pongo un dedo sobre sus labios y levanto su cabeza.
-Dejemos todo esto ¿vale? Solo quiero estar contigo.
-Es lo único que necesito –responde.

Y así sus ojos vuelven a recuperar poco a poco su color miel y sus labios acortan distancias para encontrar de nuevo los míos, esta vez de una forma más intensa y desesperada. 
Nuestra droga.


Es ya casi de noche cuando una de las enfermeras entra en la habitación y nos avisa de que todo está listo para firmar el alta.

-Gracias a dios –murmuro tirada boca abajo sobre la cama- estaba empezando a hacerme vieja.

La mujer pasa su mirada de Justin a mí y hace una mueca.

-Un coma no es algo que pueda tomarse a la ligera, estamos dándole el alta ahora cuando podríamos tenerla aquí hasta una semana –dice en tono amenazador- tiene usted suerte.

Vaya, creo que a alguien no le caigo demasiado bien.

-Lo sabe –dice Justin desde el sillón del fondo haciéndome sentir como una niña pequeña- y lo siente, solo está cansada- la enfermera cambia radicalmente la expresión al escuchar su voz –muchas gracias.

Ésta le dedica una sonrisa de suficiencia y se aleja hasta la puerta cerrándola tras de sí, no sin antes pasar una vez más la vista sobre mí con aires de superioridad.
Me incorporo irritada y voy hasta el sillón que está situado justo al lado del que él está ocupando, sobre éste descansa una mochila que me resulta familiar.

-¿Esto es mi ropa? –señalo, y el asiente.
-Está aquí desde que ingresaste.
-Muy optimista –bufo, agarro la bolsa antes de girar sobre mis talones y dirigirme al aseo sin mirar atrás a pesar de que sé que Justin me está observando. Cierro la puerta y la tiro a un lado.

El reflejo en el espejo me devuelve una imagen cansada y destrozada, no me vendría nada mal una ducha ahora mismo. Suspiro y abro el grifo, me echo un poco de agua en la cara e intento arreglar lo que claramente no se soluciona con un poco de jabón y una pasada con las manos sobre el pelo. Resignada me meto en unos jeans y una camisa sin mangas color azul oscuro. Después de todo Justin tiene buen gusto a la hora de elegir ropa. Entro en los zapatos y vuelvo a salir dándole una patada al horrible pijama de hospital lanzándolo sobre el suelo al otro lado de la habitación. Odio los hospitales.

Tras escuchar el sonido de la puerta detrás de mi espalda cerrarse me encuentro de nuevo ante la mirada insistente de Justin perforándome sin piedad.

-¿Qué pasa? –mustio molesta, y me dirijo a la cama para dejar la mochila sobre ella.
-Dímelo tu –parece divertido por mi expresión.
-Creo que no tengo nada que decir –pongo los brazos en jarras- solo me gustaría salir cuando antes de aquí.

Un momento después él está ya de pie metiendo el móvil en su bolsillo trasero y se dirige a la puerta. Yo le sigo en silencio volviendo a agarrar la bolsa y camino con la cabeza baja hasta que me topo con algo.

-¿Por qué te paras? –levanto la mirada para encontrarme con Justin apoyado contra la puerta impidiéndome que salga.
-¿Vas a decirme que ocurre?
-Ya te dije que nada –suspiro- ¿Podemos irnos?
-No –dice seco.

Intensifico la mirada para intentar parecer amenazadora pero una vez más fracaso y sé que no dejara que me vaya.

-No me agrada que intentes comportarte como mi padre –mustio- el comentario de antes… no era necesario.

Él curva sus labios intentando reprimir una sonrisa.

-¿Qué?
-Simplemente me haces sentir como una niña pequeña que necesita lecciones para comportarse correctamente.
-No necesitas ninguna lección –ahora su mirada se vuelve pícara y sus ojos color miel se intensifican en torno a mi- al menos no de ese tipo.
-De cualquier forma –intento huir de sus ojos acosadores- no eres mi padre. Solo tienes un año y medio más que yo.
-Un año y seis meses –sonríe.
-Olvídalo –bufo, e intento echarle a un lado para salir, acto que resulta inútil comparando su fuerza a la mía.
-¿Algo más? –ofrece.
-También me irrita el efecto que cusas en todas las mujeres –susurro avergonzada, no sé por qué he dicho eso- resulta… molesto.
-¿A qué te refieres? –parece interesado.
-No lo sé –meto una de las manos en el bolsillo trasero de mis jeans- solo… que cuando estoy contigo todas las chicas me miran como si fuera un insecto –él suelta una risa- y a ti te comen con los ojos.
-¿Y qué importa eso?
-Supongo que nada –bajo la mirada- o todo.

Noto movimiento y en una milésima de segundo su cuerpo se pega contra el mío haciéndome cambiar de dirección y me veo apoyada contra la puerta y a él sobre mí, impidiéndome cualquier opción de escapar.

-Supongo entonces que tú eres mi insecto –susurra casi contra mi boca.
-Justin…
-Escúchame –sube una mano hasta mi cuello y lo acaricia con suavidad- ¿todavía no has entendido que yo solo tengo ojos para ti? –Nuestra respiración choca por la distancia- ¿todavía no te has dado cuenta de que podrán haber cuarenta millones de chicas en el mundo y yo seguiré eligiéndote a ti por encima de todo? –Subo ahora la mirada para que nuestros ojos se encuentren y lo hace con un brillo que antes no estaba ahí, comienzo a ponerme nerviosa por la proximidad de sus labios contra los míos- vamos Swed, debes empezar a valorarte un poco.
-Lo hago –intento susurrar, pero casi no tengo voz.
-No lo haces y es algo que nunca llegaré a entender –noto sus dedos recorrer ahora mi espalda- porque eres todo lo que alguien podría desear.

Suspiro sobre su boca pidiendo a gritos con cada poro de mi piel que me bese. Este hombre me deja totalmente fuera de combate. Él abandona mis ojos para posar su mirada en mis labios y entonces sé que lo ha captado.

-Tú eres mi persona favorita en el mundo, ya lo sabes.

Y así vuelve a darme eso que me mantiene viva. Siento como su cuerpo se pega más al mío dejando inexistente la distancia e impidiendo cualquier paso de aire entre nosotros. Giro mis caderas para encontrarme con las suyas y sus manos recorren ahora todo mi cuerpo. Un segundo y siento sus cálidos y suaves labios bailar con los míos. Dulce droga.



-Buenas noches –saluda Justin a la mujer que atiende en recepción- nos han dicho que es aquí donde tenemos que firmar un alta.

La chica levanta la cabeza y sonríe al verle, como no, comiéndoselo con la mirada de arriba abajo.

-Es correcto- suelta una risita ridícula que hace que mis músculos se tensen queriendo abofetearla. -¿Cuál es su nombre?
-Soy Sweden –intervengo obligándola a sacar sus ojos de él –Hamilton.

Ella gira la cabeza hasta encontrarse conmigo sin ganas, parece que acaba de darse cuenta de mi existencia. 

Perfecto.

-¿Y en qué habitación estaba usted, señorita Hamilton?
-Segunda planta, 302.
-Ajam –murmura tecleando algo en el ordenador- es usted menor de edad ¿no es cierto?
-Sí.
-Me temo que debe firmar el alta alguien mayor de dieciocho años.

Maldita sea.

-Yo lo firmaré –dice Justin con voz seria.

La chica se gira de nuevo para prestarle toda la atención volviendo a hacerme sentir como la niña traviesa e incapaz de todo.

-No creo que sea necesario –espeto.
-¿Quieres salir de aquí o no? –me dedica una mirada divertida, el muy capullo está disfrutando después de todo.
-Como quieras –murmuro, y me doy la vuelta para seguir el camino por el largo pasillo dejando atrás al señor adulto.


Diez minutos después me encuentro en la entrada del hospital, respirando aire fresco y mirando el cielo oscuro casi sin estrellas, empieza a hacer frío. Una de las puertas dobles se abre detrás de mí y unas manos firmes agarran mi cintura por detrás.

-¿Lista para ir a casa? –susurra en mi oído.

Me giro para plantarle cara y sus ojos miel me abordan cortándome la respiración.

-¿Lo pasaste bien ahí arriba? –susurro intentando mantener el tono duro de mi reproche.
-Solo hasta que te fuiste.
-Estoy segura –murmuro, y abandono la lucha.

Justin se acerca a mi cuello y planta despacio un beso húmedo sobre él, justo debajo del oído. Sabe mi punto débil.



Cuando el coche se detiene frente al porche y observo mi casa me doy cuenta de que con tan solo mirar la fachada se nota diferente. Todo está oscuro y parece no haber tenido habitantes en mucho tiempo. Un escalofrío me recorre la espina dorsal y suspiro pesadamente para armarme de valor y entrar. Antes de que pueda abrir la puerta del coche Justin ya está abajo y me espera para ayudarme. Extiende su mano y agarra la mía con fuerza. Al salir el frío se me mete en los huesos de inmediato y siento que he perdido toda la fuerza que él me ha dado en el día. Nos acercamos a la entrada y me dispongo a buscar la llave donde solía esconderla mamá, pero él pone una mano sobre mi hombro para que me detenga.

-La tengo yo –susurra.

La saca del bolsillo trasero de su pantalón y la introduce haciendo chirriar la puerta, ésta nos deja paso a un oscuro salón sin vida. Al atravesar el umbral miro a mi alrededor y veo que todo está triste. Él roza el interruptor y la luz llena la habitación. Realmente la vida aquí ha desaparecido por completo. No hay rastro de felicidad por ninguna parte, esta no es mi casa.


-Vamos –me anima Justin entrelazando nuestras manos- deberías darte un baño. Yo prepararé algo de cenar, estoy seguro de que tu estomago agradecerá algo de comida de verdad.
-No tengo hambre –mustio, realmente acabo de perder toda mi fuerza.
-Vamos Sweden –me pide él- por favor.

Le miro y veo sus ojos, suplicando que le ayude a seguir con todo esto. Tengo que hacerlo por él.

-Está bien –pongo una sonrisa, aunque sé que él nota que no es verdadera.

Pongo esfuerzo y subo la escalera para entrar en lo que antes había sido mi habitación. Ahora todo es demasiado grande para una sola persona, aun no puedo creer que ya no vaya a volver a sentir ese aroma a naranja y canela de los bizcochos que mi madre solía preparar por la mañana.

Tiro la bolsa a un lado y me quito la ropa sin ánimo. Aquí está la realidad. Vuelvo a toparme con la cruda y desesperante vida real y esto es lo que me espera. Silencio, oscuridad, la nada en una casa demasiado grande, demasiado bacía. Entro al aseo y abro el grifo girándolo para pedir agua caliente. Cojo el cepillo que sigue en el mismo sitio en el que lo dejé, sobre el lavabo, y lo paso por el pelo luchando contra los nudos que se han formado en la parte de atrás de mi cabeza. Lo suelto y entro al contacto del agua que sale a chorros. Durante un momento cuando comienzo a sentir el calor del agua sobre mis hombros bajar hasta tocarme los pies todos los músculos de mi cuerpo se relajan y me quedo inmóvil. ¿Qué voy a hacer ahora? Cierro los ojos y dejo el agua correr por mi cara. Estoy perdida, creo que esto es un punto de no retorno. ¿Qué salidas tengo? ¿Qué puedo hacer?

Suspiro y sé que las fuerzas me abandonan por completo. Siento mis lagrimas salir y mezclarse con el agua que se escurre por el desagüe, tal vez ahí debería acabar yo, junto a mis lágrimas. Noto un fuerte pinchazo en el costado y pierdo el equilibrio, caigo contra el suelo de la ducha y me golpeo las rodillas, giro sobre mi misma para sentarme y junto las piernas bajo mi barbilla, cruzo mis brazos sobre ellas y entierro la cara entre mi pecho. Y ahí estoy, haciéndome pequeña bajo el agua, sumiéndome en mis pensamientos inmóvil y dejándome arrastrar por las lágrimas que siguen corriendo fuera de mi alcance. A pesar del calor del agua comienzo a temblar, siento frío y tengo miedo porque recuerdo esta sensación de vacío. Mi mente corre hacia esa noche, la noche en la que recibí la llamada. Y revivo cada segundo mientras ahogo los gritos húmedos entre mis manos.

Pasa el tiempo y siento que necesito hacer algo, reacciono y me obligo a dejar de temblar e intentar recomponerme. Algo dentro de mi cabeza vuelve a hacer clic y recuerdo que él está ahí abajo esperándome. Necesito ser fuerte por él, al menos por ahora, y es que aunque parezca egoísta cuando estoy con Justin todo lo demás se esfuma y parece que puedo seguir viviendo, pero tarde o temprano el volverá a su vida y entonces… ¿Qué? ¿Qué pasara conmigo? No puedo obligarle a estar eternamente a mi lado, eso sería cruel. Necesita seguir con su historia, no es justo que cargue con esto. Con mi vida. Con mis sombras. Necesito encontrar una solución, necesito poner en orden mi cabeza aunque en este momento siento que si intento hacerlo explotará. Debería tratar de descansar y darle un respiro a mi mente. Tal vez mañana consiga ver de todo esto algo útil, por ahora algo es seguro. Él está aquí y no servirá de nada auto compadecerme tirada en el suelo mientras maldigo mi asquerosa vida. ¿No es cierto?


Atravieso la puerta y abro el armario, saco unos shorts y una camiseta de tirantes, cojo algo de ropa interior y me visto rápidamente. Dejo el pelo mojado y bajo las escaleras de nuevo, al hacerlo noto un olor a nata y beicon frito. Escucho también a Justin tararear una canción y una sonrisa sale al exterior desde lo más hondo. Inspiro el aroma dulce y suspiro recuperando algo de vida para entrar en la cocina.

-¿Pasta? –murmuro atravesando la puerta.
-Carbonara.
-Mi preferida –susurro.
-Lo sé –sonríe y deja un par de cubiertos sobre la mesa- creí que te apetecería.

Y le miro sin saber muy bien que decir. Justo esto es lo que me mantiene viva, justo esto me hace sacar fuerzas para levantarme del suelo y dejar de llorar.

Él.

-Tardaste mucho –dice, sacando dos platos y sirviendo espaguetis sobre ellos- ya iba a subir a buscarte.
-Necesitaba una buena ducha –sonrío- ahora estoy mucho mejor.

Él me devuelve una tierna sonrisa, pero también sabe lo que ha pasado allí arriba, aunque por alguna razón decide dejarlo pasar. Se acerca a mi retirando la silla para que ocupe mi sitio, el también toma asiento y comenzamos a cenar.


-Y bien –murmura llevándose otra cucharada de pasta a la boca- ¿Cómo estás después de todo?
-Estoy bien –aseguro, aunque sé que no lo he convencido- solo… necesito tiempo, eso es todo.
-Tiempo –repite.
-De verdad Justin –le miro- estaré bien.
-Cuando alguien se va el que más sufre es el que se queda –susurra- pero eso tu ya lo sabes.
-Ser humano es tan confuso…
-Estoy de acuerdo –mustia, y se levanta para dejar su plato en el fregador- aunque si cambia algo estoy aquí para ti –sonríe- aunque también sabes esto.
-Lo sé –susurro- y no tendré vidas suficientes para agradecértelo.
-Es mi forma de intentar sentir que te merezco.
-Justin –dejo Salir un pesado suspiro- debes empezar a valorarte un poco, porque eres todo lo que alguien podría desear –repito sus mismas palabras horas antes imitando su voz- eres mi persona favorita en el universo.
-Creo que yo dije mundo –hace una mueca.
-Te gané entonces –sonrío.
-Oh, no lo creo, yo te doy un… uninito.
-¿Un… que?
-Uninito –ríe orgulloso- es un universo mas un infinito.
-Oh dios –suelto una carcajada- se te dan de pena los juegos de palabras ¿lo sabías?
-De eso nada –hace un puchero.
-Eh, no hagas eso.
-¿Qué?
-No hagas pucheros –le pido- sabes que no puedo…
-¿Si? –dice, intensificándolo más mientras se acerca.
-No puedo con los pucheros –susurro- para.
-¿Por qué? –él sigue acercándose a mi despacio sin dejar de hacerlo.
-Porque –digo, levantándome de la mesa- si no paras te comeré a besos.
-¿De verdad?
-No me provoques, maldito.

Retrocedo hasta la puerta intentando alejarme porque realmente se que si no deja de hacer eso me lanzaré sobre él y querré comérmelo, es demasiado. Es tan jodidamente adorable… parece un niño pequeño.

-¿A dónde vas? –susurra divertido, creo que ibas a hacer algo.

-Te odio –digo, y huyo de allí escaleras arriba.

Entro a la habitación y me doy la vuelta para intentar cerrar la puerta, pero Justin ya está ahí para impedirlo. Mierda, es rápido. Retrocedo sin dejar de mirarle y veo que su expresión es ahora una extraña mezcla entre adorable y pícara. Oh dios. No.

-Bieber –le advierto- detente.
-¿O qué? –da otro paso.
-O… -echo de nuevo el pie hacia atrás para alejarme pero me topo con los pies de la cama y caigo de espaldas en ella. En una milésima de segundo Justin está sobre mí sujetando las manos por encima de mi cabeza, inmovilizándome y condenadamente cerca. ¿Cómo ha hecho eso?
-¿Decías…
-Eso no vale –murmuro, y nuestra respiración vuelve a chocar.
-Puede –susurra sobre mi oído- pero ahora te tengo donde quería.

Y sin más, posa su mano libre en mi cara haciéndome girar la cabeza, por lo que mi cuello está de nuevo expuesto a su ataque.

-No…

Pero es demasiado tarde, sus labios rozan el lóbulo de mi oreja y baja haciéndome temblar bajo él. Maldito punto débil, y maldito el día en el que lo averiguó. Abre su boca unos centímetros rozando ahora sus dientes contra él y haciéndome querer morir bajo su pecho. Recorre cada centímetro de este hasta subir y encontrarse con mi boca, posa un casto beso sobre ella y baja de nuevo hasta mi hombro que destapa con la boca dejándolo desnudo. Intento moverme bajo el pero mis manos están atadas y el peso de su cuerpo me lo impide. Noto su lengua sobre mi clavícula, caliente y ansiosa. Sube de nuevo y abre mi boca con urgencia para entrar en ella. Ahora su respiración es agitada y su cuerpo se pega cada vez más al mío permitiéndome notar algo creciendo en su entrepierna.

-Justin… -susurro dentro de su boca, pero suena más como un gemido.

Él sonríe excitado haciendo más fuerte nuestro juego de lengua, y sube mi camiseta dejando al descubierto mi estómago y pasando sus dedos por él. Y quiero que me bese en cada lunar, cada rincon, cada centímetro de piel, cada molécula de mi ser. Siento que el calor se hace cada vez más intenso y los escalofríos empiezan a recorrer todo mi cuerpo pidiendo más. Me retuerzo bajo él atrayéndolo hacia mí y siento que gime desesperado cuando su entrepierna roza la mía y nuestros pantalones queman rozando la piel que quiere ser libre. Me dejo perder dentro de su boca y respiro su aliento que cada vez se hace más intenso. Recorre su mano hasta mis pantalones y desabrocha el botón tirando de ellos y dejandolos por debajo de mis bragas, acto seguido hace lo mismo con los suyos. Oh dios. Puedo oler su pelo a centímetros de mi, noto el pulso de su muñeca haciendo presión sobre mis manos y su pecho palpitar contra mí. Vuelve a subir hasta mi boca y muerdo su labio inferior a lo que responde con un gemido ahogado. Una pelea que nadie quiere ganar, una lucha boca a boca por entrar y liberarse. Ojos cerrados, aliento reprimido, labios húmedos, piel caliente, manos temblando, respiración agitada. Hace aún más fuerte nuestro agarre y entonces se queda inmóvil. Se separa un segundo para mirarme y nuestros ojos se encuentran de lleno, sostiene mi mirada lo que parece ser infinito y cierra con fuerza los párpados obligándose a parar mientras creo ver un mueca amarga en su rostro. Retrocede y planta otro beso sobre mi boca antes de separarse definitivamente soltando el agarre de mis manos. Aún desorientada intento recuperar el aliento mientras él se echa a un lado de la cama y se deja caer con la respiración agitada. ¿Qué haces Bieber, acabas de alejarte? No, no puedes, no ahora.

-¿Qué ocurre? –susurro.
-Nada –me mira turbado- es muy tarde, creo que deberíamos dormir.

Esto me pilla desprevenida y me siento rechazada.

-¿Tu no me… -cojo aire normalizando pulso- deseas? –y tras esto me obligo a mirar al suelo.
-¿Qué? –alza una ceja sorprendido.

Alzo de nuevo la mirada ante su expresión.

-Eso.
-¿Estás de broma, no? –Bufa- creo que es bastante obvio que si –baja la mirada hasta su pantalón- sabes que me vuelves loco.
-¿Y por qué te detienes entonces? –hago una mueca.
-Si no lo hago ahora tanto tú como yo sabemos que no habría tenido fuerza para hacerlo –me mira nervioso- y creo que no es el momento.
-No es el momento –repito intentando entender.
-Ya sabes a que me refiero Swed –me mira tierno- hoy ha sido un día muy duro y mañana lo será aún más –extiende mi mano y entrelaza nuestros dedos- necesitas descansar.
-Pero yo…
-Además sentiría que estoy aprovechándome de ti en este momento.
-Eso es una tontería –bufo indignada.
-Estás cansada, necesitas dormir.
-No soy una maldita niña pequeña, Justin.
-Créeme, lo sé –dice, pasando sus ojos por el cuello bajado de mi camiseta y los pantalones caídos.

Maldita sea.

Me incorporo abrochando el botón de mis shorts y coloco bien el tirante.

-Simplemente quiero hacer esto bien ¿vale? –Es casi una súplica- te aseguro que no hay nadie en este jodido planeta que tenga más ganas que yo de tenerte de esa manera, pero no quiero joderlo todo. No contigo.

Y entonces me doy cuenta de que realmente lo dice en serio, quiere esperar.

-Está bien –le digo.
-¿Estás enfadada? –sonríe.
-No puedo estarlo contigo –suspiro- ya lo sabes.

Y así, sin más, apaga la luz y me arrastra junto a él en la cama. Se acuesta a mi lado y pasa su brazo por encima de mí cogiendo mi mano al otro lado, pega su cuerpo al mío por mi espalda abrazándome, haciéndome sentir segura. A salvo. Aún puedo notar su excitación detrás de mí. Me da un beso dulce y suave y entonces el silencio nos invade. Esta vez un agradable silencio, porque estoy con él, y nada puede salir mal.

-Te quiero –susurra.
-Yo también a ti.

Y así, con su respiración haciéndose más lenta al compás de la mía, ambos nos perdemos en los sueños, que por primera vez en mucho tiempo son eso, sueños, y no pesadillas. 

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RT aquí si leíste el capítulo. Prometo publicar mucho más a menudo de aquí en adelante. Gracias por seguir aquí tras cada capítulo, espero que os haya gustado. 

martes, 16 de julio de 2013

•"Tan solo una salida" {Capítulo 27}.

-El nombre que debe constar en la lápida es Anne Marie Hamilton.

Exhalo un largo e intenso suspiro haciendo que todo mi cuerpo recoja aire y giro el pomo de la puerta para encontrarme de lleno con ella. Traspaso la puerta y entonces la veo, Sweden. Mi Sweden. A pesar de estar llena de cables y conectada a una máquina sobre esa cama sigue siendo igual de preciosa. Sigue estando aquí.

Sigue siendo mía.



#Sweden
Nunca me había detenido a pensar en cómo iba a ser mi vida o en cómo vivirla hasta que un día encontré a alguien con quien compartirla. Supongo que las personas pasamos la existencia esperando encontrar a alguien que te llene por completo, alguien que te haga sentir esa vibración en las venas al tocarte, que haga que tu corazón se dispare y se pierda en el jodido universo y que haga que tu piel se erice con tan solo una caricia. Yo lo encontré. Encontré a esa persona por la que daría la vida y ahora ya no sé donde estoy ni que he hecho para hacer que se aleje.


Siento una presión horrible en la cabeza y no puedo ver nada. Noto miles de agujas entrar y salir en mi cerebro y es como si alguien quisiera cortarlo en trocitos y yo estuviera sintiéndolo con cada pinchazo. Noto una presión en el pecho y me cuesta respirar. Todo está oscuro y no puedo ver. Intento abrir los ojos pero me pesan demasiado. Hago un amago de mover la mano para tocarme la cara y despertar del sueño pero mis manos no responden, es como una de esas pesadillas en las que alguien te persigue pero tú no puedes correr demasiado rápido y acabas cayéndote al suelo sin poder moverte. Me siento pesada y me duele todo el cuerpo. Quiero despertar de este sueño, no me gusta. Quiero volver. ¿Por qué no puedo volver? Intento inhalar aire para saber donde estoy pero no huelo nada. Mis sentidos están muertos y yo quiero salir corriendo. No oigo nada, solo un constante pitido a mi lado derecho, como si hubiera una de esas máquinas de los hospitales a mi lado, pero no puede ser… ¿o sí?

Pasa el tiempo y yo sigo sin poder hacer nada. Mis sentidos se agudizan pero mi cuerpo sigue sin responder a las órdenes. Y entonces escucho algo que hace que todos mis músculos quieran tensarse y salir corriendo hacia la voz.

-Sweden, Cariño –susurra- buenos días.

Es él.

Noto que acaricia mi mano y se sienta a la derecha. Oh dios, está muy cerca de mí y ahora puedo sentir las puntas de sus dedos jugar con un mechón de mi pelo. Quiero abrir los ojos, necesito verle.

¡Justin, estoy aquí! Quiero gritar, pero no tengo voz.

Y de repente se aleja y vuelvo a tener frío. Sigo escuchando y noto que habla con alguien al final de la habitación. Su voz llega como un dulce eco que me hace tener más ganas de volver a salir corriendo y tirarme entre sus brazos.

-¿No debería haber despertado ya? –murmura, y sé que está preocupado.
-Necesita tiempo –dice otra voz.
-Pero ya ha pasado una semana –ahora está tenso.
-Señor Bieber, estamos haciendo todo lo que podemos pero salir de un coma es algo que solo puede hacer el paciente, solo podemos esperar.
¿Un coma? ¿Estoy en un coma? No, pero… eso no es posible.
-Necesito que despierte –espeta- va a hacerlo ¿no?
-Tenemos que creer que si, ya ha pasado todo el peligro y en un caso así ellos suelen despertar al cabo de cinco a siete días.

Escucho a alguien salir de la habitación y a Justin suspirar pesadamente, entonces vuelve a mi lado y coge de nuevo mi mano para entrelazar nuestros dedos. Noto su voz muy cerca.

-Sweden, pequeña –susurra- necesito que despiertes. Te necesito aquí conmigo, vamos.

Yo también te necesito, Justin.

-Estos están siendo los peores días de mi vida ¿sabes? –mustia- y ni siquiera sé si vas a despertar.

¡Claro que lo haré, yo necesito estar ahí!

-Pero necesito creer que vas a hacerlo. Por mi –aprieta nuestras manos- o por ti. Por ambos, te quiero aquí de nuevo.

Necesito levantarme y decirle que he vuelto y no pienso irme, quiero apretar mi mano contra la suya para sentirlo más cerca pero mis malditos músculos no responden. Esto es un infierno.

-¿Sabes qué? –Continúa- yo se que eres fuerte. Hemos superado tantas cosas juntos que sé que esto es solo un bache más y pronto estarás a mi lado de nuevo –él suelta un leve suspiro y lo noto sonreír- creo que si alguien supiera todo lo que me haces sentir estaría tan enamorado de ti como yo lo estoy, y tengo miedo.

No, Justin, no lo tengas. Yo te quiero, te quiero a ti.

-Prometí estar siempre contigo… y aquí estoy.

Y yo lo estaré también.

-¿Sabes… -hace una pausa y tras unos segundos continúa- sabes lo que le pasa a los periquitos cuando se les separa? –Guarda silencio durante un momento como si yo pudiera contestar- Que al primer día dejan de cantar –suspira- después de comer, y más tarde se mueren de pena.

No…

-¿Y sabes por qué? –vuelve a esperar mi respuesta- porque nacen para estar juntos. Por eso me quedo aquí contigo… hasta el final.

Y en ese momento quiero llorar. Noto mis ojos húmedos pero no puedo saber si alguien más se dará cuenta. ¿O sí? De repente Justin suelta mi mano y se aleja hacia la puerta. Unos minutos después vuelve y noto la presencia de otra persona.

-Mire –dice- he visto una lágrima correr por su mejilla.

Él parece alarmado.

-¿Qué estabas haciendo? –le pregunta la enfermera.

El guarda silencio un momento.

-Estaba… estaba hablando con ella.
-En ese caso sigue haciéndolo –dice alegre- estás haciendo que vuelva.

Noto como la mujer se va y Justin vuelve a mi lado, esta vez con más fuerza. Esta vez su agarre es más intenso y sé que es una súplica.

-Vuelve conmigo, Sweden –susurra casi en mi oído.

Quiero hacerlo.

Pasan unos minutos y por fin vuelvo a escuchar su voz.

-Te elegí a ti porque eres la persona que me hace feliz –noto que ahora acaricia mi cara- a quien tengo en mi mente a cada momento y por la cual me arriesgué a decirle todo lo que sentía y no me importó nada más. Tú me haces soñar sin necesidad de dormir. Siempre me pregunto qué estarás haciendo o donde estarás. –Su voz es suave y dulce, como la de un niño pequeño- Eres tú la persona por la que me muero de celos cuando otro chico te mira, daría mi vida por ti y aunque sienta que no te merezco y no soy suficiente necesito que tú quieras estar conmigo. Te necesito para vivir. Por ti me levanto cada día con una sonrisa y sigo aquí luchando por esta locura –una lágrima cae sobre mi mano y entonces sé que está llorando- y no me importa nada. No te cambiaría por nada ni por nadie en este mundo. Tu eres mía Sweden –susurra- eres con quien quiero estar el resto de mi vida.

Y en ese momento me siento con ganas de comerme el mundo. Es entonces cuando sé que todo esto es más fuerte que cualquier cosa y que por más meteoritos que nos caigan encima voy a seguir luchando con uñas y dientes, voy a dar la vida y el alma por volver a verlo. 
Necesito ver de nuevo sus ojos, quiero sentir su sonrisa. 
Y entonces la veo.

Poco a poco consigo abrir los ojos y la luz me ciega de tal forma que tengo que volver a cerrarlos de inmediato. Vuelvo a abrirlos un poco y veo que está mirando hacia abajo, hacia nuestras manos. Ahora está serio. Intento moverme pero solo logro hacer una mueca que se convierte en una sonrisa. He vuelto, él está aquí y yo también. Ahora puedo verle.

-Justin… -susurro.
-¿Si? –murmura, tan bajo que casi no puedo oírle.

Y de repente se da cuenta de quién le ha llamado. Todo encaja y como si la vida le fuera en ello alza la cabeza y nuestros ojos se encuentran de lleno. Veo en su cara excitación y alarma. Sorpresa. Se queda mudo e inmóvil durante unos segundos y tras reaccionar se echa sobre mí y me veo envuelta entre sus brazos. El aire comienza a faltarme pero no me resisto. Se siente demasiado bien.

-Sweden –dice ahora más alto- Sweden estás despierta –el me suelta entonces y agarra con sus dos manos mi cara- ¿esto es real?

Trago saliva y pruebo mi voz.

-Eso espero –susurro, un pequeño hilo atraviesa mis cuerdas vocales. Suficiente.
-Demonios, me hiciste pasarlo realmente mal.

Y ahora su sonrisa me choca de lleno y me hace perderme en ella. Mantenemos los ojos hundidos dentro de los del otro durante al menos cinco minutos, y entonces me siento fuerte.

-Estás muy feo –sonrío.

Él hace una mueca y después me devuelve una risa.

-Llevo días sin dormir. Tú tampoco estás para ir a una fiesta –bufa.

Me quedo en silencio y entonces la realidad me golpea de lleno de nuevo. Estoy aquí…

-Justin… -él nota mi cambio y entonces su expresión cambia con la mía.
-Eh, eh, Sweden –murmura- quiero que estés tranquila. Ahora voy a avisar a una enfermera.

Él se pone en pie e intenta avanzar hacia la puerta pero hago nuestro agarre más fuerte y se lo impido.

-Justin, ¿por qué estoy…

Y entonces todo vuelve a mi cabeza. Imágenes de nosotros, él llorando, yo sobre el suelo. Le veo en la calle y pongo la puerta de por medio, después veo lágrimas, muchas lágrimas. La llamada. Ahora ya lo recuerdo.
Y sé que él lo sabe.

-Sweden por favor –me pide- escúchame, todo está bien.
-Mi madre…

El hace una mueca de tristeza, lo que sirve para confirmar lo que ya sabía.

-Lo siento mucho, Swed.

Mis ojos comienzan de nuevo a llenarse de lágrimas y noto dolor en el pecho. Vuelvo a sentir la misma sensación y ahora recuerdo por qué tomé aquellas pastillas.

-Pero ahora yo estoy contigo –susurra pasando su dedo por mi mejilla y retirando las lágrimas- y no pienso dejarte sola.

Ambos nos miramos y sé que aunque duela… es cierto.


Pasadas unas horas consigo calmarme e intentar absorber toda la información y las emociones. Una enfermera me retira las vías para respirar pero me deja la aguja clavada en las venas. Siempre he odiado las agujas. No puedo soportar estar por más tiempo aquí encerrada. Han dicho que necesito descansar y que si todo va bien esta misma noche podré marcharme a casa. Justin me lo ha explicado todo y yo sigo sin tener palabras para agradecerle todo lo que ha hecho. Él mandó organizar todo el entierro de mi madre. La incineró y esperó a que yo despertara para mandar preparar el entierro para el día siguiente de mi salida del hospital. Si todo sale como esperamos mañana por la mañana le daré un último adiós a mi madre y entonces tendré que aceptar que todo esto es real.

-Justin…
-Oye, siento haberlo hecho sin tu permiso pero si no era así el entierro habría sido hace días y tu no podrías haber estado ahí –murmura.
-No –sonrío- a ella le habría gustado así. Yo solo… -intento encontrar las palabras, pero no quieren dignarse a salir- no sé como agradecerte todo lo que has hecho por mí.

El está acostado a un lado de la cama junto a mí, estamos frente a frente y noto el calor de su cuerpo chocar contra el mío.

-Sólo quédate conmigo –susurra.

Nuestras miradas se hacen ahora más intensas y él se acerca más a mi cara. Sé lo que busca, y yo también lo quiero. Demonios, no sé cómo pude haber pensado ni un momento en estar lejos de ti. Sus labios me buscan y yo siento el calor. Mojo los míos y cierro los ojos, noto su mano sobre mi cara y nuestras bocas se unen en una solo mientras sus dedos acarician mi mejilla y me siento más fuerte que nunca a pesar de que la vida quiera acabar conmigo, porque mientras le tenga todo sobra. Subo mi mano por su cuello y entonces hecho su cabeza hacia atrás haciendo que abra más la boca. Lo necesito. Él sonríe sobre mis labios captando la petición y ahora es quien me obliga a abrir la mía para entrar dentro. Nuestras lenguas se acarician y comienzan a darse de nuevo la bienvenida. Le he echado tanto de menos…

-Oye, ¿estás bien? –susurra una vez separados, todavía está muy cerca.
-Lo estaré.

Justin echa hacia atrás unos centímetros más para poder mirarme a los ojos y suspira.

-Realmente siento todo esto.
-Justin, nada de esto es culpa tuya –bufo- yo soy una idiota.
-Debería haber estado ahí –y ahora una mueca de dolor cruza su cara.
-No puedes estar en todos sitios a todas horas en cualquier momento –le digo buscando sus ojos- eres Justin Bieber, no Superman.

Él me mira y vuelve a hacer una mueca, esta vez de sonrisa.

-Tenía miedo de despertarme en ese sillón y que tu no estuvieras.
-Pero ahora estoy aquí. Supongo que es mejor no saber que instante será el último –sonrío- ¿Quién dice que no viviré para siempre?
-Una vida inmortal a tu lado –susurra, y mira al techo.
-Eres idiota –suelto una pequeña carcajada y él vuelve a mirarme en silencio- ¿Qué?
-Me gusta ser la razón de tu sonrisa.
-Solo estamos en este mundo por un tiempo limitado así que ¿por qué no disfrutarlo?

Él me mira y asiente.

-¿Significa eso que no vas a volver a echarme de tu casa?
-Te comportaste como un imbécil, estabas loco así que tuve que echarte –intento sonar divertida pero lo cierto es que ese tema aún me duele.
-No sabes cómo me sentí aquella noche –dice- siento haber perdido la cabeza.
-No importa –sonrío y junto nuestras manos.

Y él clava en mí sus ojos perforándome el alma.

-Tú eres mi vida.
-Nunca quise ser tu vida entera, solo tu parte favorita.
-Oh, créeme, lo eres.


Poco después la enfermera trae una bandeja con comida para mí y Justin baja a la cafetería a por un bocadillo. Yo tengo que comerme esta basura o no me dejarán salir hoy. Mientras miramos la tele al fondo su teléfono suena y veo que habla molesto con alguien, al colgar vuelve a sacar su sonrisa pero sé que algo va mal.

-¿Qué ocurre?
-No es nada –dice, y le da otro bocado.
-Ajam –murmuro y lo miro fijamente.
-No es… -él capta que finalmente tendrá que decírmelo así que se rinde- Scooter no deja de llamar.

Y entonces me doy cuenta de quién está a mi lado.

-Tú deberías estar en California.
-Yo solo debo estar aquí –dice convencido.
-Justin, tú tienes obligaciones.
-Primero tú –me señala- después el mundo –vuelve a fijar la vista en la televisión- y comete eso de una vez, frio estará aún peor.

Resignada se que ha dado el tema por zanjado, aunque aún tenemos mucho de lo que hablar.

-Justin…

Él me mira alzando una ceja.

-No es eso.
-¿Qué entonces?
-¿Cómo…

Dejo sin terminar la frase porque sé que lo ha entendido. Suspira pesadamente y busca valor para comenzar a hablar.

-Nunca llegué a irme –encoje los hombros- me quedé sentado en la puerta de tu casa.

No puedo evitar que una sonrisa asome por las comisuras de mis labios.

-¿Enserio?

Él asiente indiferente y entonces se pone serio.

-Pasaron las horas y tú seguías sola. Pensé que tu madre ya debería haber llegado y entonces escuché ruidos dentro. Solo necesitaba saber que estabas bien –murmura- llamé mil veces a la puerta pero nadie abría. Al principio supuse que no querrías hablar conmigo pero pasado el tiempo vi que no era normal y…
-Y tiraste la puerta abajo –río.

Él me mira medio divertido y medio irritado porque su comentario me haga gracia. Guarda silencio y asiente.

-Si.
-¿Tienes complejo de Hagrid?
-¿Qué? –dice desconcertado.
-Hagrid, el de Harry Potter –intento reprimir una carcajada pero acabo poniendo una cara ridícula sin poder evitarlo así que la suelto- a él le va eso de echar puertas abajo.
-Idiota –dice ahora, pero entonces sonríe.

Le doy un pequeño codazo y se retuerce de falso dolor.

-Oye, no te hagas la graciosa ¿vale? –Ahora parece molesto- yo tuve que hacerte vomitar –hace una mueca- ¿crees que fue agradable?

Y entonces me quedo congelada.

-¿Enserio?

Justin se da cuenta de mi cambio e intenta quitarle importancia.

-No lo decía…
-No, lo sé –susurro- es solo que…
-No te sientas mal –me pide.
-Yo solo quería dejar de sentir dolor –bajo la mirada hasta el suelo- no es fácil ver como pierdes lo que antes creías eterno.

Su agarre se hace más fuerte entre mis dedos y asiente.

-No importa cuántas veces caigas si en todas te levantas –mustia.
-No es una excusa.
-Lo sé –murmura, y noto como sus ojos se rompen, está reprimiendo las lágrimas- morí de mil formas diferentes cuando te vi ahí tirada Sweden. No puedes imaginar…
-Shh –pongo un dedo sobre sus labios y levanto su cabeza.
-Dejemos todo esto ¿vale? Solo quiero estar contigo.
-Es lo único que necesito –responde.

Y así sus ojos vuelven a recuperar poco a poco su color miel y sus labios acortan distancias para encontrar de nuevo los míos, esta vez de una forma más intensa y desesperada.
Nuestra droga.
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domingo, 14 de julio de 2013

•"Tan solo una salida" {Capítulo 26}.

Empiezo a verlo todo aun más oscuro y de repente el bote cae de mis manos y todas las pequeñas pastillas color azul caen por el suelo haciendo un gracioso ruido. Se esparcen y quedan ahí, quiero alcanzar más porque me gusta esta sensación pero ya no puedo moverme. Noto mi lengua hincharse y comienzo a tener mucho frío. Caigo de lado y me golpeo la cabeza contra el suelo, y me quedo ahí, inmóvil, viendo todo volverse cada vez más oscuro y entonces dejo de pensar. Dejo de escuchar el silencio y de repente el resplandor de la televisión sobre la puerta me deja ver un movimiento. Ésta se abre y siento que estoy teniendo una alucinación. Bendita alucinación la que me deja verle por última vez antes de abandonar esa jodida locura. Es él, Justin atraviesa la puerta y puedo verlo. Tan perfecto, tan sereno, tan… sonriente. Siempre te amaré Justin, más allá de esta mierda que llamamos vida, te amo y lo haré siempre. 
Y entonces todo se queda oscuro y yo desaparezco.



# Justin.

Siempre he sido de esa clase de personas a las que les cuesta decir adiós. No soy de despedidas, en realidad nunca lo he sido y me cuesta la vida intentarlo.

Soy de esos que en vez de levantar la cabeza e ir a abrazar a quien tiene que irse se esconde en su habitación bajo la cama maldiciéndose por tener que alejarse de quien le dio las sonrisas. No puedo soportar la idea de ver por última vez a una persona que significó la vida para mí y saber que no voy a volver a verla, que será nuestro último abrazo, nuestra última mirada, nuestra última vez para todo aquello que antes era algo a lo que estábamos acostumbrados y ya formaba parte de nosotros. ¿Cómo se supone que tienes que reaccionar cuando te das cuenta de que jamás podrás volver a darle los buenos días? Nunca más vas a poder tenerla a tu lado, no volverás a verla reír, no volveréis a estar juntos porque tuvo que irse y no te llevó con ella. Sabes que es un último adiós y a pesar de ello debes ser fuerte e ir a desearle un buen comienzo en cualquier otra vida, pero no puedes. No puedes aceptar que te ha dejado y ahora estas solo.

Es algo para lo que no he nacido. Creo que jamás podré llegar a estar preparado para algo así. Decir adiós a una persona que amas es una de las pesadillas más grandes y duras a la que te puedes enfrentar, de esas que te hacen despertar gritando mientras lloras por las noches, de las que te hacen querer salir corriendo y notas el sudor bajar por tu frente, de esas que te quitan la respiración y sientes que te ahogas, que mueres. Aquellas que te arrastran hasta el borde de tu cama y rezas para que nada sea verdad y al amanecer todo vuelva a estar como antes. Despedirte de una persona a la que estas acostumbrado a ver cada día y con la que compartes tu vida es algo para lo que nadie está preparado.

Desde pequeño he sido firme defensor del “nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes” y con el tiempo he demostrado estar en lo cierto. Crees que lo tienes todo y aun así no estás satisfecho. Crees que puedes tener más y más y ser aun más feliz sin darte cuenta de que todo lo que necesitas para serlo está a tu lado pero tú aun no te has dado cuenta. No apreciamos las cosas que tenemos hasta que han desaparecido y entonces tenemos esa sensación de no poder seguir viviendo que nos come por dentro hasta el punto en el que llegamos a perder la cabeza y nos aislamos de todo y de todos. Cuando esa persona se va te quedas vacío y entonces piensas en todas esas peleas y las malas palabras, en los malos ratos y la miradas de rencor que habíais compartido a pesar de que lo único que queríais era tenerla entre tus brazos y susurrarle que no importa, que todo daba igual si la tenías cerca y estabais juntos, que nada tiene sentido si no puedes ver su sonrisa porque eso es lo que te hace seguir despierto, pero ya no puedes hacerlo porque la has perdido. Se va y sientes que se lleva tu corazón con ella porque notas un vacío enorme en el pecho que nadie puede volver a llenar. ¿Y qué? ¿Qué pasa?  ¿Qué ocurre cuando te arrebatan lo que más quieres y sientes que todo está perdido?  Tan solo tienes una salida.


El móvil no deja de sonar una y otra vez taladrándome la cabeza. Lleva horas sonando a pesar de que no he contestado una sola llamada. Estoy tirado en el suelo frío de una habitación en un asqueroso hotel. Todo está oscuro y en silencio, y estoy solo, estoy demasiado solo. Llevo dos días encerrado aquí hablando conmigo mismo y ya no sé ni siquiera si lo que escucho es real o no. A veces me parece escuchar su risa, veo a Sweden traspasando la puerta y corre a abrazarme pero entonces me levanto para buscarla y todo vuelve a estar oscuro. Siento el estómago vacío y tengo angustia pero no quiero ir a buscar comida. Aún estoy esperando despertarme y ver que todo esto ha sido un mal sueño, aún no puedo creer lo que está pasando. Yo no quiero creerlo.

El móvil vuelve a sonar y pierdo los nervios. Me levanto y me acerco hasta el, lo cojo y me dispongo a estamparlo en el suelo pero entonces me doy cuenta de que necesito acabar con todo esto. Es hora de volver a la realidad aunque ello acabe conmigo.

Descuelgo acabando con el ruido y me lo llevo al oído.

-Si –susurro.
-¿Justin? –Dice impaciente la voz al otro lado, pasan unos minutos y el silencio sigue ahí- Justin contesta –su voz se hace más urgente.
-Scooter –murmuro sin más.
-Dios santo Justin ¿Dónde te has metido? Llevo llamándote horas –entonces hace una pausa y coge aire- ¿estas… bien?
-Sigo aquí ¿no? –digo molesto.
-Eh, se que todo esto es una locura… pero necesito saber que vas a hacer.
-No sé lo que voy a hacer Scooter –mascullo- no sé nada.
-He hablado con la prensa y he pospuesto todas las entrevistas y actuaciones hasta dentro de una semana. Es todo lo que tienes.
-Una semana –susurro.
-Recuerda quien eres –insiste.
-Ahora mismo no soy nadie –digo perdiendo la voz, y un pinchazo golpea mi pecho haciendo que me doble hacia delante.

He llegado a un punto de no retorno. Estoy una vez más al límite y todo esto me está hundiendo. Puedo quedarme aquí encerrado para siempre pero eso no va a hacer que las cosas se solucionen. Necesito hacer algo, necesito… ayudar.

-Justin, lo siento, pero…
-¿Hiciste lo que te dije? –pregunto entonces. Estoy decidido.
-Sí.
-Quiero que llames y les des mi número. Yo voy a organizarlo todo.
-¿Qué?
-Ya me has oído –la angustia vuelve una vez más.
-No creo que eso sea bueno, Justin.
-Quiero hacer algo joder, me estoy pudriendo aquí dentro. Te pedí que lo organizaras porque no podía hablar con nadie pero ahora quiero hacerlo.
-Yo…
-Dales el maldito número de teléfono Scooter –alzo la voz.

El silencio se hace al otro lado y sé que está pensándolo seriamente. No quiere hacerlo, pero esto es algo que me afecta a mí y no a él. Es mi obligación, es… mi vida.

-Como quieras –murmura.
-Diles que me llamen –bufo, y acto seguido cuelgo el teléfono.

Lo tiro sobre la mesa mientras siento de nuevo mi estómago retorcerse. Dos días sin comer, creo que necesito arreglar eso. Me arrastro hasta la nevera y busco algo que poder llevarme a la boca. Antes de poder acabar el móvil comienza a sonar de nuevo y entonces sé que Scooter me ha hecho caso. Tomo aire y me armo del poco valor que me queda para enfrentarme a él, tengo que hacerlo… por ella.


El resto del día pasa y yo estoy pegado al teléfono. Doy instrucciones de un lado al otro de la habitación mientras intento apretar la mandíbula en cada respuesta corta para evitar pensar en por qué estoy haciendo esto. A media tarde tengo que salir para solucionar varios puntos de toda esta historia y ya es de noche cuando llego de nuevo al hotel y me hundo en el sillón. Estoy jodidamente cansado. Cierro los ojos lo que yo siento como un momento y de nuevo el móvil vuelve a hacerme saltar del sillón en el que había conseguido quedarme dormido. Ha pasado una hora, he dormido una hora desde hacía dos días. Irritado me lo llevo a la oreja sin ni siquiera mirar la pantalla y contesto.

-Bieber –espeto.
-Cariño –me llama una voz dulce al otro lado.
-Mamá –susurro, y entonces mi alma se congela.
-Scooter me lo ha contado –dice- ¿Cómo estás?

Vuelvo a tomar aire e intento no romperme en pedazos.

-Bueno, digamos que estoy teniendo uno de esos días en los que mi dedo medio responde a todas las preguntas –murmuro.
-¿Cuándo vas a volver?
-No… no lo sé mamá –suspiro.
-Lo siento mucho cariño –su voz suena ahora triste y entonces yo me derrumbo.

Una lágrima consigue asomar por mis ojos y hago una mueca.

-¿Por qué tiene que pasarme todo esto a mi? –y ahora mi voz suena como la de diez años atrás cuando un juguete se rompía y yo iba llorando hacia mi madre.
-A veces le pasan cosas malas a las buenas personas cariño, no es culpa tuya –intenta calmarme.
-No puedo más con esto, es demasiado.
-Justin, cielo –la noto sonreír amarga al otro lado- levanta la cabeza, todo va a estar mejor pero no podrás verlo si vas mirando al suelo.

El silencio se hace durante varios minutos y entonces consigo tranquilizarme un poco.

-Supongo que… tengo que seguir adelante.
-Debes hacerlo.
-Es difícil.
-Lo sé –susurra- pero tú siempre fuiste el más fuerte de todos.

Una leve sonrisa asoma por mis labios y después se desvanece.

-Estoy organizando el entierro –digo, y mi voz se parte.

Mi madre se queda inmóvil al otro lado y yo noto un escalofrío.

-Creía que Scooter…
-Si –la corto- yo se lo pedí pero ahora quiero hacerlo, creo que se lo debo.
-Justin… no creo que…
-Tengo que dejarte mamá, necesito dormir un poco –murmuro, no quiero seguir con esta conversación.
-Te llamaré mañana –suspira pesada- te quiero, Justin.
-Yo también te quiero mamá –otra lagrima se escapa y yo dejo caer el teléfono para quedarme inmóvil viendo como la noche se echa sobre mi hasta que me absorbe.


Por la mañana la luz que atraviesa la ventana me quema la cara e intento retorcerme en mi cama para darle la espalda, pero al hacerlo caigo al suelo y como acto reflejo estiro las manos para amortiguar la caída que me da de lleno contra la alfombra. No estoy en mi cama, sino en este maldito hotel. Solo, una vez más.
Abro los ojos y el sol vuelve a cegarme dilatando mis pupilas. Hace calor y estoy agobiado, noto los ojos hinchados y tengo la boca seca. Me levanto quejándome porque noto la espalda partida en mil pedazos y me arrastro hasta el baño. Al mirarme al espejo veo la expresión cansada y abatida de mi cara y las ojeras que cada vez se hacen más grandes. Tengo los labios secos y los ojos oscuros.  Me acerco más y me quedo inmóvil intentando ver a través de ellos, intento encontrar algo, observo como si así pudiera atravesar el espejo y entrar directamente en mi alma pero solo veo dos grandes agujeros negros, no hay nada. Sigo tan vacío como lo estaba antes.

Abro el grifo y me hecho dos grandes palmadas de agua sobre la cara. Me cepillo los dientes y tras esto me quito la ropa y entro en la ducha abriendo el grifo y estremeciéndome cuando el agua fría cae como cuchillas sobre mis hombros. Me quedo quieto a pesar de ello y en unos minutos acabo acostumbrándome. Echo la cabeza hacia atrás dejando que el agua caiga directamente sobre mi cara y ahí, sumergido y aislado comienzo a pensar en ella una vez más. Te necesito a mi lado para seguir viviendo, maldita sea.

Al salir enrollo una toalla sobre mi cintura y me paso los dedos por el pelo tras secarlo un poco. Agarro una camiseta y unos pantalones y me meto en los zapatos. Hoy necesito salir de aquí, necesito ir a verla. Si esto es mi última despedida que así sea entonces, pero tengo que estar cerca de ella una vez más. Acabo de romper todos mis esquemas y el caso es que me importa una mierda. He roto todo lo que podía romper y ya ni siquiera sé quién soy.

Cojo las llaves que me dieron en recepción y meto el móvil y la cartera en la parte de atrás de mi bolsillo. Chaqueta oscura, capucha, gorra y gafas de sol. A pesar de todo sigo aquí y ellos ahí fuera no notarán el cambio.

Salgo a la calle y camino rápido intentando pasar desapercibido, es curioso cómo la gente sigue andando y hace su vida normal. Las mujeres van de compras, los hombres pasan en sus coches para dirigirse al trabajo, los perros pasean y los niños juegan a la pelota. Creemos que cuando morimos todo a nuestro alrededor se para pero no es cierto, nada se detiene. Todo sigue igual y eso nos hace ser insignificantes piezas en todo este juego que es la vida. A veces nos toca caer y otras seguir avanzando a pesar de que otros se te echen encima e intenten derrumbarte. Pelear con uñas y dientes para demostrar que eres digno de ser recordado.

Cruzo la calle y me meto en una cafetería, cruzo el establecimiento hasta encontrar una mesa al fondo y suspiro al ver que no hay demasiada gente aún. La camarera se acerca poco después y me mira cautelosa al ver que no me he deshecho de las gafas y la gorra. Me saco la capucha e intento parecer natural.

-Un café con leche por favor –murmuro mirando el periódico que hay sobre la mesa.

La chica me observa con demasiada atención y tras ver que no le devuelvo la mirada se aleja despacio hasta desaparecer tras la barra. Sigo pasando la vista por las páginas hasta que unos minutos después vuelve a encontrarse a mi lado y deja el café y unas tostadas sobre la mesa.

-Aquí tiene –su mirada se clava en mi nuca.
-No pedí tostadas.
-Invita la casa –sonríe.

Yo asiento y doblo el periódico para darle vueltas a mi café.

-Tú eres…
-No –me giro de repente hacia ella- no lo soy.

La chica guarda silencio y unos minutos después vuelve a retirarse. Traspasa el mostrador y comienza a servir a dos hombres que han entrado hablando de sus planes para el fin de semana, no sin quitarme la vista de encima.

Me recuesto sobre la silla y me llevo una tostada a la boca. La verdad es que está buena, no viene mal después de que lo más sustentoso que haya comido en tres días hayan sido dos rebanadas de pan con queso. Tomo un sorbo de café intentando fijar la mente en otra cosa que no sean aquellas imágenes que llenan mi cabeza y me gritan a cada momento y entonces encuentro una pantalla al final de la sala. Dejo ahí la vista sin prestar mucha atención hasta que algo hace saltar mis alarmas e intento escuchar. Mi imagen sale a un lado mientras que en el otro una mujer hace gestos desaprobadores. Consigo escuchar algo con dificultad y me pongo nervioso.

“La estrella del pop Justin Bieber nos deja una vez más con las manos atadas después de que su manager Scooter Braun diera una rueda de prensa excusando al artista por no poder asistir a las futuras entrevistas de la semana. ¿Dónde está Justin Bieber y… por qué ha desaparecido de nuevo?”

Me retuerzo una vez más sobre la silla y giro la cabeza para encontrarme con la camarera, que también ha escuchado la televisión.

-Será mejor que me vaya de aquí –susurro para mi interior.

Me levanto y dejo un billete de veinte sobre la mesa. Vuelvo a ponerme la capucha y me echo a la calle una vez más. Sweden me enseñó varios caminos que recorren el pueblo que están prácticamente escondidos y pueden rodear todas las plazas sin ser visto.

Diablos, como extraño aquellos días en los que lo que más nos preocupaba era que pudieran vernos juntos mientras que ahora daría la vida para poder pasearla de la mano delante de toda esta maldita gente. Es curioso como pasamos la vida intentando guardar lo que más queremos y cuando nos quedamos sin ello mataríamos por poder enseñárselo a todos. La echo tanto de menos…

Necesito verla en este momento, y yo sé donde está.

Me adentro en un callejón y comienzo a andar deprisa. Recuerdo esto, aquí fue donde me escondí aquel día. El día en el que aquel maldito hijo de puta nos jodió la existencia, pero también el día en el que me sentí más cerca de ella. Congelaría el tiempo en aquel césped si pudiera. Juro que lo haría en este mismo instante.
Salgo a otra calle y vuelvo a pasar otras tres más. Al pasar por delante de una plaza un grupo de chicas se quedan mirándome en silencio y me pongo nervioso. Ahora no. Ellas ríen y me señalan. Una comienza a caminar hacia mí pero la otra la coge del brazo haciéndole señales para que deje de hacer el tonto. “No es él, idiota” le dice. Y yo sigo caminando.

Diez minutos más tarde entro en un edificio con aspecto enfermo. Todo está triste y tampoco hay mucha gente. Supongo que eso es bueno. Me acerco a un triste mostrador y hablo con una mujer que parece no estar teniendo un buen día. Ya somos dos.

Mientras intento hablar con ella mi móvil comienza a sonar y tras saber lo que necesito me meto en uno de los pasillos grises y fríos y comienzo a buscar. Lo saco del bolsillo y contesto.

-Bieber –murmuro.
-Señor, soy Steve, Scooter dijo que le llamáramos.

Cruzo otro de los pasillos y subo unas escaleras. Este sitio realmente es grande a pesar de estar en un pueblo de pocos habitantes.

-Si –respondo mientras lucho por mantener la respiración al subir los últimos escalones.
-Somos del servicio de lápidas fúnebres señor.

Y de repente me quedo congelado y mis piernas dejan de responder. Me paro en seco y tomo una larga respiración antes de seguir caminando, esta vez más despacio.

-Si…
-Necesitamos saber qué nombre quiere que ocupe la lápida.

Vuelvo a sentir un malestar en el pecho que hace que me cueste respirar, como si mis pulmones quisieran salir corriendo. Aprieto la mandíbula y sigo caminando hasta ver al final del pasillo lo que buscaba.

-¿Señor? –repite el hombre al otro lado.
-Si, si, un momento –espeto.

Recorro el último pasillo y la piel de mi cuello se eriza de repente. Las manos comienzan a temblarme y siento que se me va la vida cuando acabo de acortar los últimos metros. Me encuentro plantado delante de una puerta de color negro y lucho por intentar mantener la calma y sacar valor para cruzar la puerta. Y entonces lo hago.

-El nombre que debe constar en la lápida es Anne Marie Hamilton.

Exhalo un largo e intenso suspiro haciendo que todo mi cuerpo recoja aire y giro el pomo de la puerta para encontrarme de lleno con ella. Traspaso la puerta y entonces la veo, Sweden. Mi Sweden. A pesar de estar llena de cables y conectada a una máquina sobre esa cama sigue siendo igual de preciosa. 
Sigue estando aquí.

Sigue siendo mía. 
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